El Pozo del Pescado mantiene viva una tradición nacida en 1590, cuando San Francisco Solano hizo brotar agua durante una sequía extrema. Bidones con esperanza, campanas que repican y promesas cumplidas en un santuario que desafía a la ciencia.
El bastón de un santo contra una sequía de cuatro siglos
A las afueras de la ciudad de Trancas, donde el rigor del clima norteño y la vegetación austera marcan el paisaje cotidiano, se esconde uno de los fenómenos espirituales y sociológicos más profundos del Norte Grande Argentino. El Pozo del Pescado (rebautizado popularmente por los devotos como el Pozo de los Milagros) se sostiene desde hace más de 430 años como un faro de resiliencia humana y misticismo religioso.
La tradición oral, inalterable desde 1590, relata que el fraile franciscano San Francisco Solano evangelizaba la región cuando una sequía apocalíptica amenazaba con exterminar a los pobladores y a los animales. Ante el desespero colectivo, el sacerdote clavó su bastón de madera en la tierra reseca, brotando al instante un manantial de agua fresca y cristalina que, desde aquel día y de forma subterránea, jamás dejó de fluir.
Hoy, la fisonomía del lugar conserva la paz de los montes tranqueños: árboles corpulentos que resguardan del sol a los peregrinos, una pequeña ermita con la imagen del santo y, en el núcleo, un piletón de piedra que atesora el recurso hídrico.
Crónicas de devoción en el predio de Trancas
Quienes caminan el santuario no lo hacen por turismo; cargan en sus espaldas realidades médicas complejas, dolores familiares o promesas que exigen ser pagadas con el cuerpo. Las botellas plásticas y los bidones vacíos son el denominador común de una fila silenciosa donde el murmullo de los rezos se mezcla con el sonido del agua bendita:
El milagro pedido (El caso de Irma): Viajó en las primeras horas de la mañana desde San Miguel de Tucumán cargando tres bidones vacíos. Su destino es su nieto, a quien le diagnosticaron una severa patología pulmonar. “Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta”, relató la mujer con los ojos humedecidos mientras se persignaba ante la piedra húmeda del pozo.
El milagro concedido (La promesa de Carlos): Un joven obrero rural de la zona se acercó a la estatua del “Santito” para ofrendarle flores. Hace un año, su esposa agonizaba tras un violento accidente vial y los partes médicos daban por descontado un desenlace fatal. Hoy, su mujer camina. “Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar”, detalló.
El ritual de la campana: Siguiendo la arraigada costumbre del santuario, Carlos hizo repicar tres veces la campana de la ermita. Según la creencia popular de los tucumanos, este sonido sirve para “llamar la atención” de San Francisco Solano hacia las peticiones y agradecimientos que se acaban de depositar en el altar.
Donde la ciencia cede ante la necesidad de creer
Desde una perspectiva puramente geológica y técnica, los hidrólogos explican el fenómeno mediante el comportamiento e impacto natural de las napas y vertientes subterráneas que caracterizan a la cuenca de Tapia-Trancas. Sin embargo, en este predio, la fría lógica científica se rinde por completo ante la fe.
El agua se mantiene milagrosamente fresca, pura y cristalina a pesar de las sofocantes temperaturas del mediodía tucumano. Para los miles de fieles que llegan desde distintos puntos del país, el líquido elemento no es solo H2O; es un vehículo tangible de sanación, algo místico que se puede embotellar, transportar y compartir con los enfermos de la familia como la última frontera de la esperanza ante la adversidad.