Adiós a un mito popular: la partida del Indio Solari deja un vacío imborrable en el corazón del rock argentino
El legendario exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Símbolo de la contracultura, la independencia artística y creador de la “misa ricotera”, su legado musical y poético se transforma en leyenda eterna.
El último viaje del astronauta de la cultura rock
La cultura, la música y el sentimiento popular de la Argentina sufren un impacto de dimensiones históricas. Este viernes 5 de junio, se confirmó el fallecimiento de Carlos Alberto “El Indio” Solari, la voz más convocante, enigmática e influyente del rock nacional. El deceso del artista se produjo en las primeras horas de la mañana en su mítica residencia de Parque Leloir, ubicada en el partido de Ituzaingó, provincia de Buenos Aires.
Por cuestiones estrictamente de protocolo legal ante un fallecimiento domiciliario, la Justicia dispuso la realización de una operación de autopsia para establecer de manera científica las causales médicas de su muerte. Su última vinculación formal con el ámbito público había ocurrido en enero de este año, mediante un emotivo mensaje de agradecimiento tras recibir el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Patricio Rey: la revolución nacida en La Plata
La historia grande del Indio comenzó a escribirse con tinta indeleble en 1975, en las diagonales de la ciudad de La Plata. Allí, junto al guitarrista Skay Beilinson y la complicidad de la “Negra” Poli, encendió la mecha de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Lo que empezó como un colectivo artístico multidisciplinario y trashumante terminó mutando en el fenómeno sociopolítico y cultural más grande del país.
Bajo las banderas innegociables de la independencia autoral y el rechazo absoluto a las corporaciones mediáticas y discográficas tradicionales, Los Redondos firmaron nueve álbumes de estudio que moldearon la identidad de varias generaciones de argentinos. Obras maestras de la discografía nacional como Oktubre, Un baión para el ojo idiota, ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado y Luzbelito se transformaron en el cancionero esencial del asfalto y las barriadas. La disolución de la banda en 2001 cerró una etapa, pero abrió las puertas de la inmortalidad para sus himnos.
El tesoro de los inocentes y la batalla contra el Parkinson
Tras un necesario silencio, Solari regresó al ruedo en 2004 al frente de su nueva estructura: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. En esta etapa solista, ratificó su magnetismo intacto con cinco placas de estudio, desde El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel) hasta El ruiseñor, el amor y la muerte (2018). Sus recitales en el interior del país dejaron de ser shows musicales para convertirse en verdaderos éxodos humanos, rompiendo récords mundiales de convocatoria en estadios y predios a cielo abierto.
Sin embargo, el destino le interpuso un rival silencioso. En marzo de 2016, sobre el escenario de Tandil, el Indio le puso cuerpo a los rumores y le habló de frente a su gente: “Mr. Parkinson me anda pisando los talones”. A partir de allí, la enfermedad neurodegenerativa modificó sus rutinas y, tras un masivo e histórico concierto en Olavarría en 2017, lo obligó a bajarse definitivamente de las tablas en 2023. Fiel a su vanguardismo, apeló en sus últimos años a la tecnología, apareciendo en las pantallas de su banda en formato de holograma interactivo.
Un refugio de resistencia que se vuelve eterno
La partida del Indio Solari no representa únicamente la pérdida de un cantante excepcional; significa el cierre de un modo de entender el arte como trinchera y resistencia. Sus letras cargadas de metáforas crípticas, su defensa del desposeído y su ética comunitaria construyeron una mitología argentina que excede los límites de los parlantes.
Hoy el “pogo más grande del mundo” se detiene por un instante para llorar a su guía, pero la obra queda flotando en el aire. Sus canciones seguirán resonando en los auriculares de los trabajadores, en las banderas de las canchas y en las guitarras de fogón, asegurando que el Indio jamás se termine de ir.

